Melo en Birmania (y en Vietnam)


Visiones de Buda en Myanmar
14 octubre 2009, 19:15
Filed under: asia, birmania, burma, myanmar, yangon

En Yangon, la antigua Rangún, se mezclan los cláxones con el silencio de los monjes.

Tierra adentro se alzan antiguos templos entre los ríos y la vegetación, y en la costa se dibujan playas blancas.

Yangon -antigua Rangún-, la capital de Myanmar, recibe a sus visitantes a golpe de bocina, como si los birmanos hubieran encontrado en el claxon un modo sencillo de transgredir su proverbial calma y autocontrol.

Situada al sur del país, en la región de los deltas, a unos treinta kilómetros del mar de Andaman, es una ciudad muy extensa y populosa, bañada al este y al sur por el río Yangon, y al oeste, por su afluente el Pazundaung.

Pero si alguien espera encontrarse una ciudad asiática bullanguera, caótica y volcada hacia las vías de agua que la limitan, se llevará una sorpresa.

Hasta las bocinas no son más que un señuelo. Yangon es una urbe que mira hacia dentro, perdida en el tiempo, cuyo carácter lo marca el silencio de los monjes, viandantes y vendedores, el polvo que cubre la vegetación y los graznidos de los cuervos al atardecer.

Del esplendor de su etapa colonial apenas queda el trazado de cuadrícula del sur de la ciudad, unos edificios que piden a gritos una mano de pintura, el anticuado y agradable zoo y el remozado hotel Strand, una joya de la arquitectura colonial inglesa de principios del siglo pasado.

Parece como si la capital birmana viviera hechizada por la presencia de la pagoda Shwedagon, cuya descomunal cúpula dorada domina la ciudad.

Shwedagon, símbolo de Myanmar, epicentro religioso de un país que practica mayoritariamente y con celo las enseñanzas de la austera escuela budista theravada, es un abigarrado y alucinante conjunto de templetes, pabellones, altares, relicarios y estatuas que cubre una superficie elevada de cinco hectáreas.

Toneladas de oro, kilos de piedras preciosas, litros de sudor de quienes lo levantaron para guardar ocho cabellos de Buda, y de aquellos que fueron ampliándola… Shwedagon, que refulge al atardecer, es un homenaje a la desmesura y, aunque sea una paradoja, al recogimiento

Perder el tiempo en Yangon

En Yangon, uno llega a la conclusión de que lo mejor que puede hacer es perder el tiempo, en el sentido más positivo de la expresión: dejarse caer en un taburete de un salón de té en el que los clientes, la mayoría hombres, hablan tan bajo que parecen conspirar; buscar el barrio chino hasta caer en la cuenta de que es casi igual a los otros; deambular por los puestos del mercado Bogyoke y admirar telas de Mandalay, lacas de Bagan, rubíes, zafiros, longys -especie de falda tubo, vestido nacional-, objetos de jade, salvamanteles de roten o elaboradas marionetas; visitar el templo hindú de Sri Kali, o el chino de Ken Hock Keong, en el que uno descubre con agrado que los fieles se esfuerzan por aparentar que no han reparado en tu presencia; beber una cerveza en una terraza y saludar a los birmanos de tez cobriza, amarilla o color café que pasan a tu lado y te sonríen con una boca enrojecida por el betel.

También puede uno acercarse hasta las afueras para ver al elefante blanco que, según asegura la pútrida dictadura en el poder, traerá riqueza y prosperidad a la nación, para comprobar que mantienen a su salvador tan encadenado como al pueblo; detenerse junto a un curandero que ofrece cráneos de mono, ungüentos, colgantes y demás chucherías, o curiosear en los puestos de libros de la calle 37, disfrutando de la belleza de la extraña caligrafía circular birmana y con la esperanza de encontrar algún buen ejemplar antiguo de la socorrida novela Burmese days, de Orwell, o relatos de Somerset Maugham.

La riqueza de Marauk-U Aparte de la justamente famosa llanura de Bagán, con sus más de dos mil templos, otro destino interesante para disfrutar de la riqueza monumental del país es Marauk-U, que debido a su acceso complicado recibe un número de visitantes muy reducido.

Se vuela a Sittwe, al noreste, ciudad portuaria levantada por los ingleses sobre una isla, frente a la boca del río Kaladan, y allí se remonta en barco el apacible y anchuroso río Aungdat en una travesía de unas seis horas.

El paisaje, ora llano, ora levemente ondulado, se cubre de palmeras y de una vegetación tropical exuberante en los aledaños de Marauk-U.

Allí, entre arroyos y colinas, se despliegan las ruinas de la capital de un poderoso reino rakhaing, fundado en el siglo XV, que en su época de mayor esplendor dominaba la bahía de Bengala y contaba con portugueses y samuráis cristianos entre los mercenarios de la corte.

Al pasear por Marauk-U, las casas de madera, el mercado rebosante de fruta, verdura y pescado, las campesinas de piel curtida fumando cheroots -inmensos cigarros-, las pagodas de piedra con relieves de Buda enmarcados en pequeñas hornacinas repetidos miles de veces en su paredes, las estatuas del iluminado con ojos de vidrio y aire ausente, y la atmósfera neblinosa, te dan la sensación de que has llegado a un lugar misterioso, olvidado e irrepetible.

Para descansar de los rigores del viaje, una buena opción es pasar unos días en Ngapali, en la costa oeste.

La playa, de arena blanca, ancha y de considerable longitud, se abre a una bahía cuyas aguas azul cobalto contrastan con el verde intenso de la frondosa vegetación de la isla de las Perlas.

En el extremo sur de la playa hay un pueblo de pescadores en el que los hombres faenan y las mujeres, cubiertas con sombreros de pico y ataviadas con coloridos longys, desecan el pescado al sol, esparciéndolo sobre redes y paja.

Y es que Myanmar ha cambiado tan poco desde hace siglos que lo que a los ojos del turista es pintoresco, para ellos es una mera cuestión de supervivencia, la de un país de gente amable y ensimismada.

Por Nicolás Casariego en El País Viajero

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